Cambalache versus Dirección por valores
Una de las conclusiones del post anterior es que las creencias y valores personales están detrás de muchos de los problemas económicos actuales. Esta misma semana, el director general de La Caixa, Juan María Nin, abogaba por potenciar un «liderazgo ético» en las instituciones y empresas españolas para recuperar la confianza del exterior y salir de la crisis.
En un entorno tan cambiante y turbulento los modelos de gestión empresarial centrados exclusivamente en el exterior se tornan inoperantes a largo plazo. La apuesta estratégica de una empresa debe considerar los valores que la soportan.
Entender la empresa (o la persona) como un iceberg puede ayudar a explicar la idea. En un iceberg solo 1/8 de su masa emerge y es visible. Esa octava parte son los resultados, que dependen de los comportamientos, de lo que la empresa o persona hace. Pero ¿de qué depende ese comportamiento? Eso ya no es tan visible…
La explicación viene dada por las actitudes, más o menos favorables hacia un determinado modo de actuar. Estas actitudes dependen a su vez de las normas, de los hábitos, de lo que resulta «normal» hacer en esta empresa. ¿Y de qué depende eso? Pues de lo que se valore más, éxito, estatus, sabiduría, riqueza, honradez…
Y, en una última vuelta de tuerca ¿de qué depende esto? La respuesta se encuentra en lo más profundo e inconsciente del iceberg, en las creencias. En lo que está bien y lo que está mal. Per se, sin necesidad de más explicación. Y eso no es algo que se improvisa. Las creencias de una persona o una organización son el resultado del destilado de las experiencias y el aprendizaje de la persona o la organización a lo largo de su vida.
En palabras de Nin, «la crisis actual es hija de la perversión del individualismo y ha reiterado la necesidad de recuperar los valores colectivos, por encima de los intereses personales»